El día que Min se sentó en la pelota en pleno derbi...

El día que Min se sentó en la pelota en pleno derbi…

Dicen que en blanco y negro los clásicos capitalinos dejaban otro sabor en el paladar, y en 1968, cuando el mundo estrenaba la serie televisiva “Mi bella genio”, un genio de pocas carnes y finta prodigiosa de color azul se atrevía a cobrar en plena cancha una apuesta que nació en el portón del estadio Nacional, frente al enemigo de toda la vida: Olimpia.

Fútbol a sol y sombra…

Cuarenta y cuatro años después, Fermín Navarro, Min para toda la feligresía motagüense, pule su memoria y recuerda el episodio que marcó su vida…

“Faltaban como cinco minutos para el final del juego y ya habíamos apostado con el Martillo Hernández para ver quién hacía una gracejada (payasada o bufonada) en la grama, pero en ningún momento fue una burla para los olimpistas”, inicia el relato Min, el malabarista, justo en las afueras de la calle de tierra del barrio Buenos Aires que lo vio nacer y crecer.

Practica una pausa y, mientras le hace un guiño a su bigote de 70 años, sigue escarbando en esa memoria plagada de regates cortos y tardes de clásicos.

“Mi garantía era que los tres árbitros de ese juego eran de mi barrio: Cecilio Midence Torres, Juan Andino Pinel y Julio Alberto Flores, quien fue la persona que me dijo que hacía falta cinco minutos para el final, algo que era prohibido indicar. Entonces se me vino a la cabeza que era el momento oportuno para ganarme los cien lempiras que habíamos apostado con el Martillo, agarré la pelota, driblé a tres jugadores y entrando al área me paré y me senté en la pelota… ja, ja”.

Rivales de peso pesado…

Enfrente, por supuesto, no estaba cualquier color ni tampoco cualquier equipo. “Era el Olimpia de aquellos defensas de la talla de Juanín Lanza, el Lico Bude, la Gata López y el Shinola Matamoros. Pero, repito, en ningún momento fue una burla, yo al Olimpia siempre lo respeté y lo sigo respetando”, aclara la leyenda azul.

Sorprendido y abrumado, el estadio Nacional tuvo todas las sensaciones posibles en esos segundos que duró la osada acción del “tercer” brasileño. Motagua vencía a Olimpia pero, en todo el domingo, solo se hablaba de ese original Min que reinventaba el fútbol de la incipiente Liga Nacional de Primera División…

“Todo mundo estaba sorprendido en el estadio, incluso mi propio compañero Roberto Abruzzesse me dijo que no hubiera hecho eso contra Olimpia; al día siguiente, cuando llegué al colegio Gustavo Adolfo Alvarado, me encontré con Carlos el Calixtrín Suazo (una de las estrellas del Albo y también su vecino de barrio), quien me regañó al no más verme”.

Era la época del fútbol más sentimental que la historia hondureña pudo vivir. La época del Min y de un Motagua “abrasileñado” que “en estos tiempos barrería con todos los rivales”. La época de oro, de las burlas sanas y los duelos que encumbraban al balón en la cima de la gloria.

“Se jugaba con amor a la camisa”

Tiempos de uniformes sin patrocinio, “que usábamos hasta cinco temporadas seguidas”, de recuerdos “buenos y malos” en los clásicos ante Olimpia y de futbolistas que jugaban “con amor a la camisa”; aparecía, entonces, el finito Fermín Navarro como el gran acompañante de los brasileños que más recuerda la historia del Ciclón de Comayagüela.

“Me acuerdo bien que ese domingo, luego de dividir el dinero que se registró en la taquilla de la doble programación (a primera hora jugaron Troya ante Honduras y a continuación aparecieron Motagua y Olimpia) entre los jugadores de los cuatro equipos y los empleados del estadio, nos tocó la suma de 19 lempiras”, rememora el Min, que jugó de 1960 a 1970 en el Azul Profundo.

Hoy, cuatro décadas después, asegura que “en 40 años solo una vez he ido al estadio, porque el espectáculo es malo”. Pero, claro, no deja de seguir a su equipo y tiene claro el panorama para el domingo: “Motagua tiene una gran volanteada, pero no entiendo qué está jugando solo con Jerry Bengtson adelante. Pero, con todo, los clásicos son especiales y el Motagua siempre se eleva contra Olimpia”.

Fuente: Diario El Heraldo


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